miércoles 28 de octubre de 2026

Sociedad

Impacto ambiental preocupante por minería ilegal en Bolivia

La presión de comunidades indígenas y grupos ambientales ha llevado a la Autoridad Jurisdiccional Administrativa Minera a intervenir en la actividad de minería ilegal, aunque las acciones resultan insuficientes y la situación sigue siendo crítica.

Por Beatriz Soliz · 16 de septiembre de 2026

Recientemente, la movilización de comunarios indígenas, campesinos y colectivos ambientales ha sido crucial para que se frene el avasallamiento y daño a sus tierras debido a la minería ilegal en varios puntos del país. Ante el clamor generalizado, la Autoridad Jurisdiccional Administrativa Minera (AJAM) ha hecho acto de presencia para detener a los mineros ilegales, en su mayoría de origen chino, aunque muchos dudan de la efectividad de estas acciones y las consideran más una cortina de humo que una solución real a los problemas de minería en Bolivia.

El Director de AJAM ha declarado la necesidad de implementar medidas administrativas que permitan la tramitación de derechos mineros en un tiempo reducido de 30 minutos, con el objetivo de combatir la minería ilegal. Sin embargo, esta propuesta resulta cuestionable, ya que las condiciones en Bolivia son diferentes a las de otros países, como Canadá, donde se cuentan con normativas y fiscalización más estrictas.

En un artículo de opinión anterior, se destacó un tema que pasó desapercibido: la aprobación del "Reglamento de adecuación de derechos mineros simplificado", que busca facilitar la obtención de licencias mineras y que fue considerado como un intento por parte del gobierno de apaciguar el descontento social. Este reglamento, sin embargo, favorece a las empresas mineras al eliminar requisitos como la consulta y la licencia ambiental, fundamentales para la protección del medio ambiente.

Comparaciones inadecuadas y consecuencias graves

Comparar la situación de Bolivia con la de países como Chile o Perú, que tienen características geográficas similares, es erróneo. La diferencia radica en la normativa y su aplicación, ya que en esos países existen restricciones más severas para proteger los ecosistemas. Bolivia, por su parte, ha incumplido compromisos internacionales como el Convenio de Minamata sobre el mercurio, ratificado en 2015, y no ha implementado tecnologías alternativas para minimizar el uso de este metal tóxico en la minería.

Las consecuencias de esta situación son alarmantes. Este año, la comunidad indígena Esse Ejja del municipio de Reyes ha reportado la pérdida de 12 miembros por el consumo de pescado contaminado, y en San Buenaventura ocho personas han sido afectadas por la contaminación generada por la minería. Además, un alto porcentaje de la población indígena de los ríos Beni y Madre de Dios presenta impactos en el desarrollo neurológico por la alta contaminación de mercurio, que supera en algunos casos los 900% los límites permitidos.

Asimismo, las condiciones de trabajo en las minas, como en el Cerro Rico de Potosí, son precarias, lo que ha resultado en la muerte de 110 personas este año debido a derrumbes y problemas de ventilación. La extracción de oro en Viacha está contaminando las aguas del Lago Titicaca, y el colapso de diques en Potosí afecta la calidad del agua del río Pilcomayo, que es vital para la agricultura en Chuquisaca y Tarija.

Los daños ambientales que sufre Bolivia son de larga data y están relacionados con la deforestación, la minería intensiva y los incendios forestales. Aunque las exportaciones de estos recursos parecen lucrativas, se estima que el 80% de la producción aurífera es ilegal y se comercializa de manera clandestina. La falta de responsabilidad gubernamental para abordar y revertir esta situación se traduce en un daño ambiental que es irreversible.