La evaluación de médicos en hospitales públicos: un aspecto crítico descuidado
La calidad del servicio médico en Bolivia no solo depende de infraestructura y recursos, sino también de la capacitación y evaluación continua de los profesionales de la salud.

El debate sobre la salud pública en Bolivia frecuentemente se produce en un marco que ignora un aspecto esencial: la capacidad profesional de quienes atienden a los pacientes. Aunque se discuten los problemas de infraestructura y de insumos, es vital considerar quién está detrás del diagnóstico y tratamiento de cada paciente.
Los médicos y el personal asociado son el primer contacto del paciente con el sistema de salud. Sin embargo, las conversaciones sobre la mejora de la atención tienden a centrarse en la dotación de recursos físicos y económicos, dejando de lado el desempeño profesional que ocurre en consultorios y quirófanos. ¿Cómo se puede certificar que un médico está realizando su labor de manera adecuada?
La formación que reciben los médicos en las universidades, tanto públicas como privadas, ha sido objeto de críticas por su calidad. Aunque obtener un título es un requisito fundamental, es solo el primer paso. El verdadero reto reside en la falta de un sistema que evalúe a los profesionales después de años de ejercicio. La medicina es un campo en constante evolución, y un título no garantiza que un médico mantenga su nivel de competencia a lo largo de su carrera.
Durante la administración de Evo Morales, surgieron dudas sobre la formación de los estudiantes de medicina enviados a Cuba, especialmente en relación con la duración y contenido de los estudios. Más allá de estas controversias, es esencial establecer normas claras que requieran que todos los médicos demuestren su conocimiento y habilidades, sin importar su lugar de formación.
Asimismo, es importante que los hospitales públicos midan efectivamente cómo están atendiendo a sus pacientes. Es insuficiente saber simplemente cuántas personas reciben atención; es necesario evaluar la calidad de los diagnósticos, el cumplimiento de protocolos y los resultados de los tratamientos. Sin tal información precisa, las discusiones sobre calidad se basan más en percepciones que en hechos concretos.
La creación de oficinas para evaluar a los médicos no es garantía de mejora. Los exámenes pueden medir conocimientos, mientras que las auditorías pueden identificar fallos, pero no capturan en su totalidad la capacidad profesional de un médico. El conocimiento está distribuido y ninguna autoridad puede abarcar toda la realidad del ejercicio médico.
Es fundamental que la auditoría médica no surja solo ante denuncias, sino que se utilice como una herramienta de aprendizaje para evitar futuros errores. Esta debe analizar qué falló, si se cumplieron los protocolos y cómo se puede mejorar la atención, en lugar de buscar culpables de forma reactiva.
Finalmente, la evaluación de médicos debe depender de criterios objetivos y regulares que sustenten su permanencia en el sistema público, alejándose del favoritismo político. La salud pública requiere de una regulación que no solo controle, sino que promueva la mejora continua en la atención, donde tanto profesionales como instituciones sean responsables de su desempeño.