Reflexiones a mis jóvenes amigos
Una carta del padre que comparte su experiencia con adolescentes y jóvenes, agradeciendo la confianza y hablando sobre su labor pastoral.

Queridos jóvenes, me siento en la necesidad de dirigirme a ustedes mediante esta carta. En ocasiones, me resulta difícil mantener esta columna con la regularidad que me gustaría, y eso se debe a las variadas responsabilidades que tengo en mi labor pastoral. Estoy involucrado en la atención catequética en Hogares de Acogida y Centros de Reintegración, así como en el apoyo a niños trabajadores en situación de calle, a quienes visito cada sábado en nuestro hermoso centro histórico.
Además, lidero el Comedor Solidario 'San Cristóbal', donde ofrecemos un almuerzo a casi doscientas personas cada sábado. También dedico tiempo a brindar atención espiritual y emocional a aquellos que desean ser escuchados, como los alumnos de las Unidades Educativas 'San Juanillo' y 'Quiroga'.
La vida de un sacerdote es curiosa; a veces camina por el Mercado Campesino buscando ayudar a un joven en problemas y, poco después, se encuentra escuchando las historias de un anciano o administrando los últimos sacramentos a un padre enfermo.
Quiero aprovechar esta oportunidad para expresar mi agradecimiento a la Dirección del Sedeges y al Colegio San Cristóbal por la confianza depositada en nuestro equipo de voluntarios, así como a las Direcciones de las Unidades Educativas mencionadas. Sin su apoyo, no sería posible llevar a cabo esta labor.
Desde el inicio de esta columna en 2006, ustedes han sido mis interlocutores en múltiples experiencias donde la presencia de Dios ha sido constante. Recuerdo mis días en el Centro de Formación Integral Rural VERA, en Cortijo de Yotala, donde germinaron las ideas que darían origen a estos escritos.
Hoy, ustedes son los jóvenes del Bicentenario, y aunque avanzamos hacia el Tricentenario, como mencionan con orgullo nuestros colegas de CORREO DEL SUR, debo disculparme por los artículos que no han visto la luz y las reflexiones que no he compartido. Siempre han sido ustedes mis principales destinatarios y he intentado comunicar cada vivencia a través de estas crónicas, ya sea leyéndolas en voz alta o comentándolas en diferentes espacios.
Espero que las experiencias compartidas hayan servido a sus educadores y guías. Me encuentro revisando artículos previos, y los recuerdos fluyen con fuerza. Desde la idea de que vivir en la sombra implica acercarse a los demás, hasta reflexiones sobre la fantasía y la realidad que nos rodea, cada palabra me recuerda a ustedes y a los desafíos que enfrentan.
Deseo que sigamos construyendo juntos una sociedad donde cada uno de ustedes pueda florecer, cuestionando qué tipo de República queremos forjar y cuál es la verdadera patria que debemos construir. Les envío un fuerte abrazo, queridos jóvenes. Continuaremos en este camino juntos.