miércoles 28 de octubre de 2026

Sociedad

Un emotivo adiós a Ricardo

La comunidad destaca la labor y el legado de Ricardo en Sucre, quien dejó una huella imborrable en el corazón de muchos.

Por Martín Carrasco · 2 de octubre de 2026

Este día, mis palabras no se dirigen a los jóvenes que intentamos inspirar, ni a los educadores que podrían leerme. Esta reflexión es dedicada a ti, Ricardo, un ser querido que dejó un vacío en nuestras vidas. Te llamamos por tu nombre, sin necesidad de formalidades, porque la conexión que forjaste con todos nosotros era profunda y cercana.

La difícil despedida ha generado numerosos recuerdos y reflexiones entre quienes te conocieron. La noticia de tu fallecimiento nos tomó por sorpresa, como bien dice el poeta, la muerte no avisa. Sin embargo, nos reconforta la creencia de que Dios te ha acogido con amor en su seno.

La admiración y el cariño de la gente hacia ti son evidentes. Han surgido muchas anécdotas sobre los momentos compartidos, las conversaciones profundas y las orientaciones que brindabas con serenidad. Eras un maestro en ofrecer apoyo, un abrazo en momentos de confusión o tristeza.

Desde el inicio de tu carrera episcopal, siempre mostraste un espíritu abierto y generoso. Compartías sin reservas, ya sea en las comidas con tus colegas sacerdotes o en tus encuentros con jóvenes tras el sacramento de la confirmación. Tu capacidad de fomentar la fraternidad y la cercanía fue una constante en tu labor pastoral.

Mi relación contigo comenzó en 2004, un año significativo que marcó el inicio de mi misión en el Instituto Secular Cruzada Evangélica Católica. Recuerdo con claridad el día de tu ordenación episcopal, el 15 de septiembre de 2005, un evento que se convirtió en un referente en mi camino.

A lo largo de los años, mantuviste tu conexión con la comunidad, incluso en tiempos de pandemia. Nunca dejaste de transmitir la importancia de la unidad y el ejemplo entre las generaciones de sacerdotes, algo que siempre enfatizaste.

Conservo un mensaje tuyo de este año, en el que me animabas a seguir en mi labor con los más vulnerables, recordando la importancia de sembrar esperanza en sus corazones. Preguntabas a menudo por mis jóvenes, con ese cariño especial que los identificaba.

Al recordar aquellos momentos compartidos, me viene a la mente una anécdota sencilla, pero significativa. Caminando hacia el hogar donde trabajo, muchas veces coincidí contigo en la puerta de tu casa, y cada despedida era especial, un pequeño ritual donde la calidez de tus palabras y tu sonrisa hacían todo más ameno.

Hoy, al despedirte, es un adiós permanente, querido Ricardo. Te has ido sin aviso, pero siempre llevaré en mi corazón tu legado y la luz que dejaste en cada uno de nosotros.

¡Adiós, Ricardo!